¿Qué somos, qué “seríamos” sin nuestros nombres?
-Chantal Maillard
¿Qué hago yo detrás de los ojos?
-Rafael Cadenas
Tal vez las multitudes que somos no quepan en la persona que mostramos. Seguramente toda esa muchedumbre se asome por rendijas de repente, aseche cuando estamos en silencio, se escurra en algún momento del día o nos tome por sorpresa con sus apariciones. Quizá tengamos que disfrazarnos, enmascararnos o mimetizarnos para explorarnos siendo esos otros cuerpos desconocidos.
Liz Hernández, que ya ha trabajado en otras ocasiones alrededor de la multiplicación del yo y la fantasía de la personalidad, explora en esta exhibición la potencia de la máscara y su misterio atrayente y repulsivo, aquel que nos permite evadir la identidad que nos constriñe, ser varias a la vez o volvernos nadie.
En las máscaras que pueblan estas salas pueden convivir dos, tres o cuatro pares de ojos: los de una serpiente, los de una mujer-hombre, los de un muerto, los de un agua, un ajolote o un perro. Y pareciera como si con todos esos ojos fuera posible ver, al mismo tiempo, el mundo de los difuntos, el de los animales, el de los humanos, o el de los ríos; es decir, como si esas caras amontonadas y llenas de ojos permitieran no tener una mirada única o firme, sino diversa y dispersa.
La máscara como artefacto posibilita tantos movimientos y placeres que quizá sería justo despojarla de sus cargas negativas o engañosas. Porque nos hace, por ejemplo, perder el miedo, invertir roles de clase o género, suspender el juicio, y ser todo lo que quisiéramos ser si no existieran consecuencias. Nos facilita rebelarnos frente a esa “verdadera versión” de nosotras mismas para desplegar otros relatos en los que incluso podemos alterar los tiempos: ser niña, mujer y anciana a la vez.
En las danzas y rituales de los diversos grupos que coexisten en México, la máscara es un elemento muy presente. Se trata de una herramienta de metamorfosis que ha permitido la comunicación entre lo terrenal y los reinos sobrenaturales durante muchos siglos. En el imaginario de Liz Hernández, siempre alimentado por el arte popular y la ritualidad, habitan personajes complejos como el diablo, que a diferencia de la carga maligna y oscura que le suele atribuir el cristianismo, es para otras cosmovisiones una figura traviesa y alegre que se burla sin maldad porque tiene el permiso de jugar.
Igual que en la escena pintada por Liz Hernández donde aparece una mujer tallando sus propias máscaras, en algunos pueblos de México se da una relación muy íntima entre la persona y su máscara, pues ésta es una manifestación de la fuerza de quien la porta. Por eso, cada danzante debe tallar la suya e impregnar algo de su ser en ella. Cuando la persona ya no puede usarla −por haber perdido su fuerza−, la máscara es guardada hasta la muerte de su portador para luego colocarse en su tumba hasta que persona y máscara se desintegren. Tal vez siempre hayan sido lo mismo, o siempre hayan estado integradas, porque ¿quién vive, realmente, detrás de la máscara?