Fotografía: Shaun Roberts
Topónimo
Mosaico de losetas, 80 × 80 cm
Fotografía: Shaun Roberts
Breve informe de los hallazgos de Camohpalxochichoquiztlan
Impresión risográfica sobre papel encontrado, 46 × 86 cm
Fotografía: Shaun Roberts
Testimonio de las mujeres del pueblo de Camohpalxochichoquiztlan #1
Hilo de algodón sobre algodón crudo, 71 × 89 cm
Fotografía: Shaun Roberts
Testimonio de las mujeres del pueblo de Camohpalxochichoquiztlan #2
Hilo de algodón sobre algodón crudo, 71 × 89 cm
Fotografía: Shaun Roberts
Altar de bolsillo #1 & #2
Cuero, tela de algodón, milagros, amuletos religiosos, flores prensadas, imágenes religiosas intervenidas, dimensiones variables
Mi Testimonio
en colaboración con Graciela Vázquez,
Grafito sobre papel encontrado, 27 × 22 cm
Ánima Sola Jacaranda
Imagen religiosa intervenida, 13 × 8 cm
Fotografía: Shaun Roberts
(L) Mis piernas son las raíces que nacen de la tierra
(C) La flor morada que llora
(R) El lenguaje de las flores

Aluminio repujado, 74 × 61 cm
Tiene la flor de la Jacaranda todas las edades y verdades
Aluminio repujado sobre panel de madera, 109 × 165 cm
Fotografía: Shaun Roberts
Que todo el mundo se entere: ahí vienen las Jacarandas
Pintura vinílica y engobe de arcilla sobre lienzo, 183 × 244 cm
Fotografía: Shaun Roberts
El cierre, el regalo del reencuentro
Pintura vinílica y engobe de arcilla sobre lienzo, 122 × 152 cm
Fotografía: Shaun Roberts
Fotografía: Shaun Roberts
Un recuerdo del Camohpalxochitepetl
Papel maché y pintura vinílica, 41 × 30 × 23 cm
Fotografía: Shaun Roberts
Un ente mitad mujer, mitad flor
Pintura vinílica y engobe de arcilla sobre lienzo, 122 × 91 cm
Vestuario para la Danza de las Jacarandas
en colaboración con Gloria Rebollo, Flores artificiales, tul, botón de perla
Vista de la sala de proyección: Flores que brotan entre las antiguas piedras
Fotografía: Shaun Roberts
Vista de la sala de proyección: Flores que brotan entre las antiguas piedras
Fotografía: Shaun Roberts
Vista de la sala de proyección: Flores que brotan entre las antiguas piedras
Fotografía: Shaun Roberts

Donde las flores moradas lloran ⁣      

15 de octubre ➽ 4 de noviembre de 2022
Pt.2 Gallery
Oakland, CA
Buscar no es de ningún modo iluminar. Es una travesía
en las sombras, una exposición de contraluces, un correr de velos, un
espejismo, una ficción. Es apenas la nostalgia
de un cuerpo, y su desesperada imaginación.
-Ileana Diéguez


Todas las culturas han contado leyendas para acercarse al territorio ondulante del enigma, para nombrar lo que rebasa. Las leyendas, igual que los mitos, tienen la capacidad del agua y se acoplan a quien las recibe. Su lenguaje está lleno de símbolos, grietas y evocaciones; son historias abiertas a la mutación, la ambigüedad, la pluralidad de versiones. Al escuchar un mito o una leyenda, se deja de existir en el mundo de todos los días y se penetra en un espacio transfigurado, impregnado por la presencia de seres misteriosos, de quienes nos hacemos contemporáneas por un momento. El lenguaje del mito es totalmente opuesto al de la burocracia, que siempre busca una verdad y sentido único. Todo idioma burocrático es una torre de información, cifras y papeleo; un conjunto de datos sin relato, una oficina con la puerta cerrada.

Liz Hernández hace convivir a estos dos lenguajes en una indeterminación temporal y espacial sugerente por la que transitamos como en un sueño o un secreto. Nos vemos inmersas en un trenzado de medios, geografías y formas: mujeres que deambulan en pintura morada, una pieza textil, un video que es un rastro, un glifo posado en un mosaico, una imagen en metal, una vitrina con objetos y amuletos, un cerro de papel maché, un documento encontrado, un vestido ritual.


Lo que ha dolido deja un charco. Y habitamos un paisaje inundado. ¿Cómo hacer para que en él puedan bañarse las niñas, crecer los árboles y beber los animales? El habla no es suficiente frente a la hondura de la pérdida, y el diálogo con quienes no están se multiplica en lenguajes.

En México es común que la violencia no se reconozca por parte de quienes la ejercen, esto hace que ni la memoria colectiva ni el discurso oficial coincidan con la memoria afectiva de quienes se duelen: hay un quiebre, una herida abierta. Las ausencias —de la vida y del reconocimiento—  movilizan a quienes buscan. De ahí que sea necesario buscar otros relatos, otras formas para rememorar, para visibilizar a los cuerpos ausentes. ¿Será que la justicia se ha vuelto algo sobrenatural, algo inalcanzable que solo puede lograrse en el espacio de los sueños y los mitos?

[Querer apartar con ambas manos la tierra o la neblina, querer ver, querer saber, y sin embargo moverse a tientas. Como en una cueva.] 

De pie frente a un vestido ritual: ¿dónde está quien antes lo usaba? Una prenda sin cuerpo es un certificado de ausencia de una presencia que ha sido. La prenda sola convoca la imagen de quien estuvo en ella, y conserva la huella de su tacto —una reliquia del cuerpo perdido.  

[En lo alto de un cerro se reúnen las mujeres, se acompañan, descansan, beben juntas, y observan en quietud. Todo el espanto y la fuerza ahí reposando, esperando.] 

Existen leyendas mesoamericanas y andinas en las que los animales o el maíz, después de siglos de sometimiento y cansados del silencio, se rebelan contra los humanos pidiendo venganza. Despiertan de su letargo y sacuden el mundo en un estruendo. 

Las mujeres de estas salas también se levantan y usan su cuerpo como esperanza, inauguran nuevos gestos, se hacen presentes con jacarandas que les brotan de los tobillos, con la espalda como un tallo que camina. Y con ese lenguaje insospechado renombran los lugares por los que caminan, revierten el miedo, conjuran el silencio, y reclaman con el aliento de las flores moradas que lloran. 

Texto escrito por Valeria Mata





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